• Una canción de amor. Dos, tres, miles. Una tarde soleada en medio del invierno. Pasos liberadores. La luz que reconforta y el calor que abriga.

    Mi cuaderno viaja conmigo. Mi letra apenas se entiende. Lugares por los que soñé pasar, hoy existen como recuerdos de una vida antigua. Memorias de una historia que nunca fue.

    Recorro las calles que hasta hace poco significaban algo completamente opuesto. Veo con otros ojos lo que en algún momento fue mi vida. ¿Y quién soy hoy? ¿Qué me llevó a cambiar la perspectiva?

    Necesito mantener mi contacto con el mundo. Verlo desde afuera para interpretarlo y a la vez sentirme parte de él. Necesito conexiones.

    La desconexión física con la realidad fue necesaria para apreciar los lazos que la mantienen unida. Encontrar mi propósito fue parte del proceso.

    Me topé con una casita azul que parece salida de un cuento. La necesidad de vivir otra realidad es demasiado fuerte, y la posibilidad de satisfacerla hoy se ve a la distancia.

  • El aroma a bizcochuelo a punto de salir del horno me recuerda siempre a las tardes de otoño de mi infancia. A eso de las 5 de la tarde empezaba a atardecer, salía del colegio y mi mamá me esperaba afuera con las demás madres para llevarnos a mi hermano y a mí a casa. Al llegar descubría que ella había preparado algo rico para acompañar la chocolatada o el té. Miraba alguno de los programas para chicos que pasaban en la tele y al terminar de merendar me ponía a hacer la tarea con el olor de alguna comida caliente preparándose de fondo. Cuando terminaba, me iba a bañar y siempre que salía de la ducha empezaban Los Simpsons. Era entonces cuando escuchaba la puerta y entraba mi papá. Todos cenábamos y sin más, mi hermano y yo nos íbamos a dormir.

    La vida es hermosa cuando te parás en esos días tan perfectos. Lástima que sea una perfección pequeña que uno solamente aprecia cuando ya la perdió.

    En el mejor de los casos lograba dormir la noche entera sin problemas, pensando si me despertaría a las pocas horas con gritos o no. En el peor de los casos, mi miedo se hacía realidad.

    El no poder hablar con nadie de lo que me pasaba me hizo tímida, de a poco me fui reservando cada vez más y perdí la capacidad de dejar entrar a la gente a mi vida. La inestabilidad constante me hizo desconfiada, hasta el punto de hoy no poder sentirme a gusto con nada de lo que hago o soy. Las idas y vueltas me hicieron sentir miedo a arriesgarme, miedo a abrirme y a sentir para después decepcionarme.

    Hoy desconfío de las intenciones de cualquier persona a la que no conozca, pero también desconfío de que los que ya conozco quieran estar realmente donde están conmigo. Hoy soy una persona que no ve forma de salir de los círculos enfermos en lo que se mete sola.
    Veo el vaso medio vacío y eso no me ayuda en lo más mínimo a mejorar. ¿Cómo podría alguien querer compartir una vida conmigo? Si soy rara, si hablo poco y bajo para no pasar vergüenza… ¿Qué ve en mi el que se me acerca? Y el que no, ¿será que me ve tal cual soy y me prefiere lejos?

    Lo que uno vive en su casa condiciona cómo va a ser en un futuro. Obviamente que esto no funciona como excusa para las cagadas que nos mandamos, funciona como herramienta para entender a la otra persona. Conocer la historia de alguien te ayuda a ponerse en su lugar y apreciar la vida desde su perspectiva, por más acertada o errada que sea.

    Cada tanto giro para ver cómo mi vida fue cambiando a lo largo de mis más o menos cortos años, y muchas veces no puedo creerlo. Cambié de casa 3 veces antes de cumplir 5 años, cuando me fui a vivir a otro país.
    Al volver pasé mis primeros años en un colegio pretencioso del que me fui para llegar al que me vio recibirme. En el medio cambié de casa, otra vez. Tuve padres separados y juntos muchas veces, incontables ya. Tuve momentos de gracia y momentos de desesperación que me hicieron cuestionarme la continuidad de mi vida. Empecé la facultad, cambié de trabajo 3 veces en 2 años, me mudé sola. ¿Qué sigue ahora? Ya quiero irme de nuevo. Nunca pude poner los pies sobre la tierra por mucho tiempo. Apenas algo deja de salir como planeé, quiero tirarlo a la basura y empezar de cero. Irónicamente, quienes me conocen en trabajos o estudios me describen como una persona constante. ¿Se puede ser constante e inconstante a la vez? Basta con mirar mi casa y sabrían la respuesta.

    ¿Qué sigue después? ¿Qué se puede esperar cuando ya no se pretende nada? ¿Cómo podemos reconstruir nuestra memoria a partir del olor a una merienda en una tarde de frío, y dejar de lado los gritos y golpes de la madrugada? ¿Se logra alguna vez cambiar esa forma de pensar tan arraigada a quienes somos? ¿Existe forma de modificar nuestra percepción del mundo?

    Nada más quiero que volver a la inocencia de la niñez, cuando creías que todo era temporal y que tenías mil años para hacer cualquier cosa que quisieras.

    Ahora vuelven las tardes de otoño. No hay nada preparándose en el horno ni nadie que vaya entrar por la puerta a la noche para cenar conmigo. Hoy el sentimiento es otro. Hoy la nostalgia se gana mis tardes mientras la temperatura y el sol bajan. Hoy solo me queda elegir qué quiero recordar, y espero hacerlo bien.

  • Te encerrás en vos mismo para que los demás no vean tus vulnerabilidades. Te arrodillás y escondés la cabeza entre las piernas para no ver, para poder resguardar la poca sanidad que todavía habita tu mente; porque sabés que en el fondo está, y vas a hacer todo para no perder la cordura.

    Un loco es inaudito, un loco debe ser encerrado y marginado. Uno no puede parecer loco, uno no puede dejar que los demás vean cómo es. Si alguien se acerca demasiado y se atreve a abrir una de las puertas que te mantienen bajo llave, puede contagiarse. La locura es como un virus: se propaga rápido y se apodera de los más débiles. No, de los más sensibles.
    Al principio invade a los que más dudas tienen y los que menos estabilidad alcanzan, pero al final acaba por apoderarse de todos.

    Respirar cuesta cada vez más. Las luces se apagan y todo se vuelve gris. Lentamente va desapareciendo el brillo, hasta convertirse en un negro tan sombrío, tan muerto, que te hace sentir ahogado, sin escape, pero cómodo a la vez. En cierto momento, las ventanas desaparecen, las puertas se evaporan y todo lo que queda sos vos; el vacío y vos.

    Llega un punto en tan inmensa oscuridad, en tan eterna desesperación y tan pesado arrepentimiento, en el que todo parece aclararse. De repente te parás: ya no te preocupa levantar la cabeza, querés ver que hay mas allá.

    Despacio das el primer paso; para tu sorpresa, el espacio era más grande de lo que creías, te das cuenta de que moverse es posible y que la oscuridad puede ser, hasta cierto punto, amigable.

    Una pequeña luz se distingue a lo lejos, es una luz que te incita a moverte, te atrae tanto que empezás a correr. Hasta que descubrís que a más correr más se aleja, entonces te parás en seco. Girás la cabeza para ver hacia atrás: la oscuridad sigue igual, intacta. Volvés a voltear y la luz ya no está: ¿será ese el tren del que siempre hablan?

    Y así te quedás, parado en la nada, desconcertado, girando la cabeza como un búho para confirmar lo que ya sabías: que en la nada nada hay, que la nada está vacía, y que la nada no existe. Las preguntas empiezan a matarte, ya no aguantás, es necesario callar las voces, así que lanzás un grito ahogado.

    De repente te invade el silencio. Una persona igual de asustada que vos se pone de pie desde sus rodillas. Alza la mirada y te ve. Se ven. Corre hacia vos pero parece que no puede avanzar, se mantiene en su lugar. Decidís acercarte lentamente al sonar de la pregunta “¿Quién sos?”, mientras esa persona cubre sus ojos como si frente suyo hubiera una linterna.

    Entonces comprendés el significado de la luz. Todo pasa a tener sentido cuando esa persona igual de desconcertada que vos aparece. Se toman de la mano y caminan juntos.

    Las luces nunca se encienden, el suelo nunca vuelve a ser verde y sabés que el horizonte seguirá siendo negro. Pero nada de eso importa, porque al menos ya no estás solo.

  • El ser humano es autodestructivo por naturaleza. Impulsos internos lo movilizan y conducen a un camino oscuro de destrozos y despojos. Todo a su paso lo pudre y todo lo condena. Sus días están contados y es por eso que crece con la egoísta idea en la cabeza de que todo lo que importa es disfrutar la vida al máximo, sin preocuparse por qué va a ser de todo aquello que lo rodea una vez él muerto.

    Su mayor deseo es cumplir con todas y cada una de las cosas que se supone que debería hacer una persona que se disfruta a sí misma. ¿Para qué? Para tener algo de qué hablar, para resultar interesante y atractivo a los ojos ajenos.

    Al no poder cumplir con las expectativas que por otros se carga en la espalda, se frustra, se cansa y busca distintos medios para liberar esas tensiones que en un mundo regido por el libre albedrío y la anarquía, probablemente liberaría asesinando. Como no puede matar lisa y llanamente, como no puede mutilar explícitamente ni tampoco manifestar su deseo de hacerlo, lo hace a través de acciones que parecen pequeñas e inofensivas, pero que a la larga acaban con el mismo resultado que una puñalada al corazón.

    El ser humano se frustra y busca estos medios para liberarse. Algunos fuman, otros beben y otros consumen sustancias mucho más complejas y dañinas. El ser humano no puede permitirse fracasar abiertamente, no lo soporta, pero mucho menos soporta hacerlo en el anonimato frío de la soledad. Es por eso que decide hundirse llevándose al mundo con él.