
Me aislé otra vez. Sucede cada vez que me siento mal, y creo que es algo bastante común en el reino animal: huir, esconderse, acurrucarse para lamerse las propias heridas. En mi caso, desaparezco de todos los lugares donde puedo, y me desconecto emocionalmente de aquellos que no puedo evitar. Entonces, todo se vuelve aburrido y monótono. La comida pierde su sabor, los colores dejan de brillar. Es como si viera la realidad a través de un filtro amarillento que lo tiñe todo de sepia.
En esos momentos, “estar bien” se convierte en una odisea, en esa meta lejana, casi inalcanzable que nos deja por siempre expectantes. Ya hace tiempo vengo pensando en qué significa “estar bien”, sentirse bien, experimentar la vida desde el disfrute y no desde la agonía ansiosa; y son estos momentos los que siento que tiran abajo todo el progreso que pude haber construido. Pero en esa misma exploración también entendí que incluso en el camino hacia arriba de la mejora, también existen valles que nos hacen dudar de nuestras capacidades para sostener ese cambio, y hay que aceptarlos como vienen.
Esta semana fue uno de esos valles; me lastimé la espalda y no pude hacer la actividad que ilumina mis días: bailar. El break fue tan horrible que sentí como si hubieran pasado semanas enteras, cuestionándome si el dolor era realmente insoportable o si estaba exagerando, cuestionando mi propio juicio. Pero dolía de verdad, y sigue doliendo. Descansar es parte de cualquier entrenamiento, cuidar el cuerpo también. Y lo aprendí de la forma más dura.
Por eso me aislé, otra vez. Desaparecí de todos lados, me escondí, corrí como si hubiese hecho algo mal, castigándome antes de que alguien me diga algo. En este encierro, me di cuenta de que este comportamiento es un patrón que llevo arrastrando desde hacen años: cuando me siento mal, simplemente me alejo y callo. Por culpa de eso he perdido amistades, y mis redes sociales se volvieron casi fantasmas.
Las voces internas ganan fuerza cuando me siento así. Me susurran que nadie me quiere, que todos están enojados conmigo, que no valgo nada, que voy a terminar sola para siempre, hundiéndome en mi propia locura. Entonces me encojo más dentro de mí, preguntándome quién querría compartir espacio con alguien que se siente insignificante.
Una vez me aislé tanto que hasta me fui de mi país natal. Abandoné mi mundo conocido porque me sentía sofocada, y crecer en el lugar que me hizo tanto daño parecía imposible. Hoy vuelvo a sentirme dentro de ese caparazón, pero de a poco rompiéndolo. Encerrada en mi cabeza, encuentro que la salida es exteriorizando mis emociones, y lo hago de la manera en que siempre encontré refugio: bailando. Bailar es mi forma de romper el silencio, mi llave para comunicarme y expresar lo que me pasa; bailar me hace libre.
Mientras suena la música, me descubro balanceando mis miedos en cada movimiento. Con cada paso, el sepia retrocede y los colores regresan, invitándome a sentir que, a pesar del dolor y la duda, aún vivo.
Hace unos años me encuentro en el camino de la sanación, proceso que involucra mejorar mi relación con mi cuerpo, el cual descuidé por muchos años. Hice cualquier cosa de ella, la traté como me enseñaron a tratar a las mujeres: con violencia. Pasaron los años y los síntomas se volvieron cada vez peores. Ya no distinguía las veces que me desaparecía de mi cuerpo, dejándolo convertirse en un cascarón hueco, vacío. La llevé a extremos, pero siempre hubo algo en lo profundo que mantuvo las ganas de vivir, de cumplir metas, de experimentar.
Hoy lo puedo ver. Hoy recupero mi cuerpo y lo hago a travez del baile. Hoy puedo llenar el espacio dentro del caparazón, ocuparlo, expandirme. Hoy me muevo para crear la realidad que quiero.
Bailar no me evita caer. No me evita dudar, ni perderme, ni esconderme. Pero, igual que en la meditación, lo importante no es nunca distraerse, lo importante es volver. Volver al cuerpo, volver al movimiento, volver al ritmo. Una y otra vez, aunque me pierda mil veces más. Bailar me enseña que siempre puedo regresar a mí. Que incluso cuando todo se vuelve sepia, aún tengo una puerta de vuelta a los colores.
