Error de paralaje

Aprender significa darnos cuenta de que, a veces, miramos nuestra vida desde un ángulo que no nos permite vivirla plenamente. Durante mucho tiempo observé la realidad desde afuera, como una espectadora que no lograba involucrarse realmente en lo que estaba ocurriendo. Finalmente comprendí que necesitaba cambiar mi forma de ver las cosas, aunque al principio no supiera cómo hacerlo.

Decidí empezar esta reflexión justo en este momento porque fue aquí cuando tomé conciencia del ángulo limitado desde el cual había mirado mi vida, acumulando frustraciones y decepciones. Elegí contar esta historia porque refleja exactamente cómo me siento ahora: consciente del error de paralaje que cometí durante tanto tiempo y decidida a enfrentarlo.

Llegar a esta claridad no fue casualidad. Durante años luché contra trastornos ansiosos y depresivos, traumas sin resolver y una constante sensación de insuficiencia que me mantenía atrapada en una perspectiva limitada y limitante. Fue hace apenas un año, cuando comencé terapia con alguien que verdaderamente logró entenderme y cuando prioricé cuidar mi salud mental, que empecé a explorar y desafiar esas creencias profundamente arraigadas. La terapia me ayudó a identificar patrones dañinos de pensamiento, me brindó herramientas para prevenir crisis emocionales y me permitió vivir más conectada con el presente.

Antes de esto, y durante demasiado tiempo, la ansiedad, la depresión y los traumas nublaron mi capacidad para apreciar perspectivas diferentes, manteniéndome atrapada en una visión única en la que todo parecía imposible o destinado al fracaso. Era una sensación de desamparo total: las emociones desreguladas dominaban el juego, arrastrándome hacia donde ellas quisieran, cuando quisieran.

La combinación de estos trastornos se sentía como habitar un cuerpo en alerta constante pero con el alma apagada. Vivía siempre al borde de algo terrible, aunque nada estuviera ocurriendo realmente, mientras una voz interna repetía que todo era mi culpa, que no iba a poder, que no valía lo suficiente. Mi mente saltaba entre recuerdos dolorosos del pasado y preocupaciones catastróficas por el futuro, sin dejar espacio para el presente. El corazón acelerado, la respiración contenida, una tensión permanente en el pecho; todo teñido por una tristeza densa, sorda, que volvía titánico cualquier esfuerzo, incluso los más simples.

Como consecuencia, vivía corriendo detrás de ideas que creía que me iban a salvar: un proyecto nuevo, un reconocimiento, un vínculo, un cambio de ciudad. Me aferraba a cada meta con desesperación, convencida de que esa vez, sí, todo iba a cambiar. Pero cada vez que alcanzaba algo, dejaba de brillar. Se volvía opaco, insuficiente, como si al tenerlo ya no sirviera. Y así, de deseo en deseo, de logro en logro, fui acumulando decepciones que solo reforzaban la sensación de estar rota, de no poder sostener nada bueno.

¿Sabés por qué llamo a esto “error de paralaje”? Desde que aprendí este concepto en la secundaria, no pude dejar de pensarlo. El error de paralaje sucede cuando medimos algo desde un ángulo equivocado, distorsionando así el resultado real de un experimento. Durante mucho tiempo, yo medí mi vida desde un ángulo que no me permitía experimentarla plenamente, acumulando frustración e insatisfacción constante.

Con el tiempo entendí que la vida no consiste en llegar a un destino específico ni en alcanzar la próxima zanahoria. La existencia pierde sentido cuando solo perseguimos objetivos que no sabemos cómo disfrutar una vez alcanzados. El error de paralaje es justamente eso: observar desde afuera, desde una perspectiva que impide vivir plenamente. Durante años me sentí como un instrumento defectuoso, incapaz de medir correctamente mi propia felicidad, obsesionada con escapar de un presente tormentoso y soñando con un futuro ideal que jamás se materializaba como yo deseaba.

Ahora sé que mi verdadero “error” fue contemplar mi vida sin vivirla realmente, permitiendo que mis emociones me hundieran cada vez más profundamente. Hoy tengo las herramientas necesarias para reconocer y gestionar mis emociones a tiempo. Sé que cuento con una red de apoyo compuesta por personas que desean verme bien, y sé que es posible salir de ese estado de desconexión en el que estuve tanto tiempo.

Si bien aún tengo que hacer este proceso mental de forma consciente, hoy elijo estar presente, habitar mi vida con todo lo que implica. Porque al seguir mirando desde lejos, sin atreverme a vivirla, estaría dejando que el error de paralaje continúe dominando mi perspectiva.


Discover more from Mel Bruja

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Leave a comment