Hace dos años viajé en tren desde Burlington, Vermont, hasta Manhattan, New York. Era la segunda vez que iba. En la primera, me despedí de un amigo para siempre; en esta, iba a reencontrarme con una amiga de años.
Flor y yo nos conocimos en Monte Grande, en la Provincia de Buenos Aires, cuando teníamos unos 11 o 12 años. Íbamos a colegios distintos, ella en Guillón y yo en Monte Grande, pero a las dos nos gustaba el tap, y nos conocimos bailando en un estudio de la zona (por siempre en el cora, IDAC).
Desde entonces somos amigas. Seguimos siendo amigas, aunque por un momento en el viaje pensé que todo se había quedado en Argentina. Y en parte sí. Un pedazo de mí se quedó en Buenos Aires el día en que me fui, y descubrir eso es lo que hizo a este viaje tan especial.
A medida que nos acercábamos a Nueva York, las vistas de New England por la ventana del tren se volvían cada vez más urbanas. Eso me llenó de emociones mixtas: por un lado, me alejaba de mi nueva casa; por otro, me aventuraba en la ciudad para encontrarme con una parte de mi pasado. Estaba muy emocionada, aunque también bastante ansiosa (aunque, honestamente, siempre estoy ansiosa).
Llegué a Penn Station cerca de las 6 de la tarde, y Flor llegaba desde Washington casi una hora después. Entre que el tren estacionó y caminé hasta donde ella estaba (en la otra punta de la estación, obvio), se pasó el tiempo y llegamos casi a la vez. Encontrarnos fue un poco complejo, pero ahí estábamos, en la ciudad que hacía años nos propusimos visitar juntas algún día. Y algo se sentía… raro.
Yo lloré. Ver una cara familiar y amable después del año y medio que pasé en Vermont me llenó de alegría, pero también de preguntas. ¿Quiénes éramos realmente en ese momento? Ya no éramos quienes fuimos 18 meses atrás; éramos otras personas. La sensación se asemejaba a conocer a alguien por primera vez, con la peculiaridad de que ya éramos viejas conocidas. “Éramos”, palabra clave.
Empezamos el camino a la habitación que alquilamos en un departamento de Brooklyn, lo que significó unos 40 minutos de viaje. Nos tomamos el subte, que luego se convirtió en tren. Caminamos y finalmente llegamos. No era lo que queríamos, pero al menos fue barato. Estábamos en Nueva York, y eso era todo lo que importaba.
Dejamos nuestras cosas, nos cambiamos y volvimos a salir, a comer, tomar, ver comediantes, y ponernos al día. La vuelta a dormir fue cuando todo se puso tenso, porque empezamos a hablar de nuestras vidas en los últimos meses, y aunque
quisiera que así no fuera, las pesadillas en aquel entonces fueron reales. La charla se puso emotiva, y sin decir nada, las dos nos dimos cuenta de que algo había cambiado, pero todavía no entendíamos qué.
El resto del viaje fue bastante completo: caminamos por Times Square, nos paseamos por Central Park, vimos Funny Girl y Wicked en Broadway, saludamos a Lea Michele afuera del teatro… Hicimos todo lo que hubiéramos querido hacer en nuestra adolescencia, cuando nos sumíamos en fines de semana de musicales, pochoclos, cine y charlas eternas sobre quiénes queríamos ser en el futuro y todos los planes que buscábamos ejecutar.
Pero claro, ya no éramos esas adolescentes. En ese momento ya éramos adultas, con vidas empezadas, con personalidades desarrolladas, carreras en alza y mil preocupaciones en la cabeza. Ahora habíamos vivido un poco más, teníamos experiencias que nos formaron en direcciones distintas, y no sabíamos muy bien cómo manejarlo. Ninguna supo expresarlo tampoco, hasta meses después.
Finalmente, llegó el momento de la despedida. Flor se fue al aeropuerto mientras yo me iba a un evento del que me avisaron a último momento. La despedida fue extraña, se sintió como si nos hubieran quedado cosas por decir, pero ese no era el momento, ya iba a llegar. Sabíamos que íbamos a volver a hablar, así que preferimos dejarlo ser.
Yo me quedé en la ciudad unos días más. Visité el bar Stonewall, el Zoológico de Brooklyn, caminé el puente, paseé por la tienda de Harry Potter, y ni más ni menos, vi a My Chemical Romance
en vivo por primera vez. Fue increíble. Ese viaje tuvo todo lo que mi yo adolescente hubiera querido, y más, porque ahora podía disfrutar de mi libertad y poder de decisión, obedeciendo ninguna voluntad más que la mía. Fue una experiencia muy única.
En la vuelta a Vermont me esperaba una nueva vida, una vida que esperé con ansias desde que llegué. Iba a empezar mi trabajo en un college, que me permitiría estudiar y que me abriría puertas a un mundo al que jamás imaginé (pero que siempre esperé) llegar a pertenecer, a la vez que conocería a quien se volvería mi familia elegida.
Pasaron tres meses, las cosas cambiaron y me mantuvieron ocupada, con poco contacto con otros seres. Hasta que un día, me llega un mail. Era de Flor, y resumidamente, decía:
¡Hola amiga!
Tardé en pasarte estas fotos. No es 100% por colgada, sino que me costó mucho verlas de nuevo. Recién el 31 de diciembre vi algunas, dije “es el momento”, y acá estoy.
Fue muy importante para mí ese viaje, significó mucho. Abrió muchas cosas, pero fue el cierre de muchas otras.
Viajamos, nos vimos después de tanto tiempo, y si bien todo está bien entre nosotras, noté que no estamos en la misma sintonía. Quizá vos lo sentiste también. Y no me asusta para nada. Pasó tiempo, pasó distancia, y aunque hoy no estemos en la misma vos siempre vas a estar en mí.
A pesar de que esta sensación me duela, estoy tranquila, porque aunque hoy no conectemos hay algo que siempre va a estar latente.
Gracias por todo, siempre.
Recibir ese mensaje fue para mí todo lo que necesitaba para aterrizar lo que había venido pensando a la vez que buscaba cómo acostumbrarme a mi nueva vida.
Me tomé unos días para releer el correo y pensar en mi respuesta. Y, resumidamente, escribí:
¡Hola amiga!
Me gustaría empezar por darte las gracias por mandarme este mail.
Sí, coincido con vos: el viaje abrió cosas y cerró otras. Y también estoy tranquila con eso.
No es novedad para ninguna afirmar que ambas cambiamos. Crecimos mucho en los últimos años, y en direcciones un poco distintas. En mi caso, emigrar me transformó casi de raíz, y en sí, eso era lo que buscaba cuando tomé la decisión de hacerlo; yo quería transformar mi realidad, y lo hice. Vos imagino que igual, solo que elegiste otro camino. Y no me parece algo negativo en absoluto.
Con la angustia que trae todo cambio, me di cuenta de que muchas de las cosas que nos unieron cuando éramos chicas, en mi presente las ligo a una versión de mí que ya no existe. Y hacerme consciente de la pérdida de esa parte de mi identidad me dolió mucho, pero también trajo cosas que hoy me hacen increíblemente feliz.
Tené la certeza de que también voy a estar siempre que me necesites.
Gracias por todo.
Hoy, dos años después, Flor y yo seguimos siendo amigas. Hablamos cada tanto, nos ponemos al día, y seguimos con nuestras vidas. Pero siempre sabemos que la otra está al final de un mensaje.
Y tal vez crecer sea eso. Tal vez crecer para algunos significa ver a sus amigos una vez cada dos años y generar recuerdos que duran una vida, con la certeza de que siempre estarán cuando se quiera y pueda. Tal vez crecer tiene que ver con desarrollar la confianza de que el otro existe en nuestras vidas por más que no estemos físicamente cerca. Tal vez crecer tiene que ver con darse cuenta de que el amor es desear la felicidad del otro, donde sea que esté.

2 responses to “Todo cambió en un viaje a New York City”
Qué hermosa y sincera historia de amistad y crecimiento. Esos vínculos que perduran a pesar del tiempo y la distancia son un verdadero tesoro, porque muestran que el cariño no siempre necesita estar cerca para seguir latiendo fuerte.
Gracias por compartir ese viaje tan lleno de emociones y aprendizajes.
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Muchas gracias por leer! 🙂
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