Mujer de fuego y ceniza

Una noche como muchas otras

Era una noche como tantas otras, tan parecidas que me es imposible distinguirlas. Yo tendría unos 16 o 17 años; era algo que sucedía con tanta frecuencia que todos los episodios se me mezclan en una gran bola anudada en la cabeza. Una vez más, la misma historia: él llegó tarde del “trabajo” y, cuando ella le preguntó dónde había estado, en lugar de responder con honestidad y admitir que su vida no era la que quería, lanzó un plato para que se callara (o un vaso, o algún adorno noventero de la estantería). Ella le contestó con rabia, porque nunca fue de quedarse callada, y él respondió con una golpiza.

Generalmente, para ese punto ya era muy tarde en la noche, alrededor de las dos o tres de la madrugada de un miércoles o viernes cualquiera. Mi hermano y yo solíamos estar dormidos, o por lo menos en nuestros cuartos, porque al día siguiente teníamos que levantarnos temprano para ir al colegio. Si hubo algo que mi mamá procuró, fue que estudiáramos para tener oportunidades en la vida; al final, los dos terminamos forjando las nuestras.

Gritos, golpes, loza rota: “¡Hija de puta, me volvés loco! ¿No te alcanza con todo lo que te doy?” (Parafraseo, pero la idea era esa). Mi hermano y yo nos encontramos en el pasillo casi al mismo tiempo, con esa mezcla de “¿qué hacemos?” y “uy, otra vez”, y, como si fuéramos superhéroes a punto de enfrentarnos a un villano, corrimos a la escena.

Al llegar, mi papá pateaba a mi mamá, que yacía en el piso con un ataque de pánico. Él decía que todo era “teatro”. Por un tiempo le creí. Yo gritaba que por favor parara, pero me sentía disociada de la realidad, anestesiada ante lo que veía, paralizada. Mientras tanto, mi hermano, que para entonces tendría unos 14 años, se abalanzó contra mi papá para detenerlo. Él no quería pegarle a mi hermano, así que le ponía caras aterradoras (ojos desorbitados, boca apretada, respiración fuerte), lo amenazaba con golpearlo si no se corría, y mi hermano le respondió que lo hiciera. Entonces, mi papá lo empujó y lo arrojó contra una ventana, que se rompió en pedazos enormes.

Mi mamá, aún con la respiración entrecortada por el ataque de pánico, corrió a ver si mi hermano estaba bien. Ese gesto alimentó la idea del “teatro”: “¿Viste que no te pasaba nada?”, repetía él con tono burlón. Yo traté de mediar, pedí que por favor nos calmáramos y nos sentáramos a hablar como “gente adulta”. ¿Qué tenía que ver una adolescente con la adultez o con la resolución de conflictos? Por supuesto, mi pedido fue ignorado y reemplazado por miradas encendidas.

Los insultos volvieron y la pelea se trasladó al patio, porque mi papá planeaba subirse al auto e irse. Mi mamá no quería que se fuera; yo les suplicaba que hablaran. De nuevo, nadie me escuchó. Entonces abrí la puerta del conductor y me senté en el asiento, diciendo que, si quería irse, iba a tener que sacarme de ahí. Mi papá me miró desafiante, sorprendido de que lo confrontara, se dio media vuelta y caminó con paso rápido hacia un cuartito que teníamos en el fondo, donde guardábamos de todo, incluida una cortadora de pasto. Tomó un bidón de nafta que usaba para la máquina, volvió con él y roció el auto. Luego sacó un fósforo de una caja, lo encendió y lo arrojó al vehículo.

En un instante salí corriendo del auto y, por suerte, el fósforo se apagó antes de causar un incendio. Me crucé con la manguera del patio y decidí usarla para rociar el auto con agua. Mi papá se subió, encendió el motor, abrió el portón y salió marcha atrás. Mi mamá, mi hermano y yo nos quedamos de pie en el patio, uno al lado del otro, sin saber qué hacer. Teníamos miedo, pero también alivio: el problema había terminado… por el momento. Nos abrazamos, entramos en la casa, lloramos juntos y nos fuimos a dormir para empezar el día siguiente como si nada hubiera pasado.

Pasaron más de diez años desde aquella escena, y todavía la recuerdo. A veces siento bronca, otras angustia. Pero más recientemente la revisité en terapia para darle un cierre y, por fin, pude verla con compasión: hacia mí, hacia esos adolescentes desamparados, hacia esa mujer atrapada en una relación tóxica y el futuro incierto que nos esperaba. En lugar de odiar a mi papá o culpar a mi mamá por no cambiar la situación, ahora reconozco a esa chica que, en su momento, solo quiso ayudar. Durante mucho tiempo me sentí culpable: pensaba que, si no me hubiese metido, no habría estado en peligro. Pero entonces solo quise ser útil y frenar el daño.

También pienso en mi mamá y en cómo, a pesar de vivir esa y otras situaciones de violencia casi a diario, cada día se ocupaba de que mi hermano y yo nos desarrolláramos de la mejor forma posible, que creciéramos con educación de calidad y con valores sanos, pese a la inestabilidad que nos rodeaba. Me tomó varios años entender que mi mamá había sido víctima del machismo internalizado de esa generación. Me llevó mucho tiempo y experiencias propias como mujer en este mundo para comprender que esas relaciones resultan tan violentas como envolventes, y que, tras años de soportar golpizas, ver una salida a esa realidad parece imposible. Me alegra tanto que haya logrado hacerlo.

Hoy abrazo a esos pequeños y a mi madre, y les tiendo la mano para seguir creciendo. Al mismo tiempo, me recuerdo que del dolor también nació la fuerza que, a pesar de años de violencia y desamparo, encontró la resiliencia para construir su propia historia.


Discover more from Mel Bruja

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Leave a comment