La idea era simple: juntarnos a jugar y tomar pepa. “Pepa” le decimos al LSD en Buenos Aires (sé que en otros lados, o en otras generaciones, le dicen distinto, por eso lo aclaro). No sé si viene al caso el disclaimer, pero ya sabés cómo soy.
Todo iba bien. La música sonaba, las luces titilaban en la penumbra del cuarto, el calor del verano nos pegaba en la piel. Hasta que me miré al espejo.
Regla número uno cuando tomás alucinógenos: no mirarte al espejo.
Y ahí estaba. Un cadáver.
Gris, pálida, flaca, ojerosa, muerta. No me reconocí. Mi cuerpo me pareció un envoltorio descartable, un traje que llevaba encima sin pertenecerme. Como si de pronto viera la realidad desde adentro de un disfraz. Me separé de mí misma. Me convertí en una tortuga encerrada en su caparazón.
Diez minutos antes, había salido de la ducha. El agua no alcanzó para despegarme la sensación pegajosa de la noche en vela. Me vestí rápido y volví al cuarto, pero algo ya no estaba bien. Cuando traté de explicarlo, mi voz sonó distante, ajena. Me acosté en la cama, mirando el techo con los ojos llenos de lágrimas. Ese techo que conocía demasiado bien, que vi incontables veces en noches como esta. Noches que casi nunca fueron sobrias.
Y entonces, vos.
Te acostaste a mi lado y me acariciaste la cabeza sin decir nada. No intentaste entender, no intentaste consolar. Solo estuviste ahí. Y fue suficiente.
A veces me pregunto si de verdad me querés. Pero después recuerdo esto. La forma en que sabés lo que necesito sin que lo diga. La manera en que siempre estás un paso adelante, en que me conocés mejor de lo que yo misma me conozco.
Lo nuestro no se parece a nada de lo que nos enseñaron sobre el amor. No es como en las películas ni como en los libros. Es algo más puro, más sincero, más profundo. Un amor que nadie sabe cómo contar, por eso casi no existe en las historias. Pero yo sé que existe.
Esa madrugada de domingo lo vi claro. Sentí que estaba muerta, vacía, sin amor, completamente sola. Encerrada en mi caparazón. Ocultando lo que siento por miedo a la reacción del mundo.
No quería que los chicos me vieran llorar. Les pedí perdón mil veces. Sentía que ya había arruinado la noche. Como siempre.
Pero vos no te fuiste.
Y por un rato, eso bastó.
Ahora, todo es distinto. Las noches se hicieron más largas, aunque ya no estemos de fiesta. Hace tiempo que no duermo bien. Y ya no estás acá para acostarte al lado mío y hacerme bajar de la tormenta en mi cabeza. Ya no hay una mano en mi pelo ni un silencio que me diga más que cualquier palabra.
Esa madrugada de domingo todo se sintió demasiado real, pero ahora lo que pesa es lo que no está.
Y lo que no está, sos vos.
El plan cambió. El juego terminó.
Y siempre me va a faltar vos.
