De cómo aprendí a ser amada

Soy la que no sabía amar, y ya no me avergüenza decirlo.

Nos conocimos de la forma más simple: personas en común, charlas casuales. Nada dramático. En ese entonces, yo era un desastre contenido, tratando de mantener todo bajo control porque era la única forma que conocía de seguir adelante.

El amor me parecía una estafa. Algo que la gente usaba para lastimarse y luego culpar al destino. Lo veía en todas partes: personas destruyéndose en nombre del amor, y me prometía a mí misma que nunca más sería una de ellas.

Así que aprendí a huir. A poner distancia. A convencerme de que el amor era para los débiles, para los que no saben estar solos. Y por un tiempo, me funcionó. O eso creía. El vacío seguía ahí, creciendo cada vez que me negaba a sentir.

Cuando alguna vez me permití amar, lo hice desde el caos. Desde el trastorno que no quería aceptar. Me obsesioné, me perdí en historias que solo existían en mi cabeza, me convertí en todo lo que juré que nunca iba a ser: la intensa, la que no sabe poner límites, la que siente demasiado.

Pasé años torturándome con los “¿y si hubiera…?”. Repasando cada escena, cada mensaje, cada momento en el que podría haber actuado diferente. Me odiaba por no haber sido mejor, por no haber sabido controlar mis emociones, por haber sido demasiado… todo.

Pero el tiempo y la terapia me enseñaron que no hay atajos para aprender a querer(se). Que cada error me trajo hasta acá. Que todas esas versiones de mí, por más caóticas que fueran, eran necesarias para llegar a esta paz.

Entonces nos conocimos. Apareció él, no como una solución mágica, ni un salvador; sino como alguien que simplemente eligió quedarse. Que no se asustó con mis partes rotas. Que no exigió que fuera diferente.

Ahora el amor es otra cosa. Es poder respirar sin sentir que me ahogo. Es no tener que medir cada palabra, cada gesto. Es existir sin pedir permiso.

A veces pienso en esa versión anterior de mí, la que se creía rota e imperdonable. La que pensaba que tenía que ganarse el derecho a ser querida. La que confundía drama con pasión y creía que el amor tenía que doler para ser real.

Si pudiera hablar con ella, le diría que cada paso del camino valió la pena. Que sus errores no la definen. Que merecía ser amada incluso cuando no sabía amarse a sí misma. Que la paz no llegó con el amor perfecto, sino con el amor que aprendió a darse.


Discover more from Mel Bruja

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

Leave a comment